Nota: Este nav. no soporta hojas de estilo.
... escuché cómo subía las escaleras cautamente, paso a paso, con un miedo mortal de despertar la ira súbita de nuestro enemigo común, que él, por un duro azar, era consciente de portar en el interior de su pecho fiel. --J. Conrad, La Línea de Sombra
Cuando se hundía completamente abría la boca para sentir el sabor a sal. Volvía a subir, sobre la ola, y miraba los guijarros de la playa, todavía blancos, y las paredes verticales de caliza. Se deslizaba abajo, y sólo había agua y un trozo de cielo oscuro. Desde la orilla se habría sentido miedo al perder su cabeza de vista. Tres segundos después surgía otra vez un punto más negro que la ola, un punto que miraba otra vez las piedras extendidas hasta la muralla de roca, y la caseta de madera, cerrada a cal y canto, que se apoyaba en ella. Otra vez estaba abajo, todo era agua oscura y algunas manchas de espuma. Al subir vio la moto que lo había traído a aquella playa. Porque, aunque le pareció difícil de creer en aquel momento, no hacía mucho rato que se balanceaba en aquel mar, aquel mar que lo había mecido siempre, que nunca había dejado de mojarle el cabello con sus salpicaduras. Cuando lo alzó la siguiente ola, tan alto que parecía que iba a caer sobre la playa, pudo comprobar que seguía solo. En el verano la caseta habría estado llena de turistas tomando cerveza. Entre la caseta y el mar había un bidón de basura y, más cerca, casi en la rompiente, su ropa y sus zapatos.
Era una cala pequeña, de cascajo. Lejos del agua, las piedras eran grandes, blancas y redondeadas. Se iban haciendo más pequeñas, hasta convertirse en gravilla y arena gruesa, al acercarse a la rompiente. Allí sus pies habían sentido el alivio del frío, mientras miraba el color celeste, de piscina, más allá de la espuma. Al ponerse el sol tras el acantilado el agua se volvió, de pronto, completamente negra. Las olas crecieron también, y se hicieron más lentas, con un sonido oscuro y un ritmo más pesado. Pero él ya estaba dentro, dejándose mecer cada vez más alto y más despacio.
Sólo hay una manera de entrar en el agua, cuando las olas son grandes y rompen en corto. Se acordó, ahora que ya estaba dentro. Se lo explicó su padre hace muchos años, cuando todas le resultaban grandes, en una playa llena de sol y viento. "Aunque parezca que las olas no son peligrosas, hay que tener cuidado. Al romper, las piedras saltan con mucha fuerza, y te pueden hacer heridas. Para meterse hay que contar tres olas grandes, mirar cómo rompen desde fuera, y echar a correr hacia ellas cuando la tercera ya ha roto. Si no te da tiempo a entrar y se te echa encima la siguiente, hay que tirarse de cabeza. Rápido y al centro. Hay que tirarse antes de que rompa, y pasarla por debajo. ¿Lo entiendes?"
Lo entendió. Todavía ahora estaba viendo a su padre, hablando así, como un profesor. Lo veía, repitiendo: "Son tres. No sé por qué, pero siempre son tres." La magia de aquel número le preocupó mucho tiempo. ¿Por qué tres olas? Su padre le dijo que todos los marinos sabían que las olas grandes venían siempre de tres en tres, que las llamaban "Las tres Marías". Mucho después pudo comprobar la historia preguntándole a los viejos pescadores, mientras remendaban despacio las redes, y también en la Cofradía de Pescadores, bebiendo, un extraño entre marineros de pelo blanco, manos grandes y oscuras de gestos lentos. Todos sabían que era así. Nadie sabe por qué.
"Cuando estás dentro hay que nadar sin parar. No te acerques mucho a la rompiente, porque es difícil saber si la siguiente ola te romperá encima, aplastándote contra la grava. Aunque parezca poco natural, el sitio más peligroso es donde haces pie. Tampoco conviene alejarse mucho si no conoces las corrientes, porque nunca se sabe a dónde te van a llevar, y a veces son tan rápidas que no puedes nadar contra ellas. Cuando estás cerca de una punta lo único seguro de la corriente es que no te va a llevar a tierra." Se sabía bien la lección, sin apenas ser consciente. Llevaba ya mucho rato nadando despacio, sin esfuerzo, sin pensar en nada. Si hubiese habido alguien en la playa, habría visto su cabeza, pequeña, que subía y bajaba, desapareciendo a veces tras la espuma, para volver a subir con la siguiente ola. Le habría visto mirar, de vez en cuando, hacia arriba, al acantilado que rodeaba tres cuartas partes de su horizonte. Entre las rocas había nidos, y algún pino donde el acantilado dejaba de ser vertical.
Siguió así, sintiendo el mar que jugaba con su cuerpo, dejándole hacer su trabajo, sacar con cada movimiento la angustia y el miedo que lo habían llevado allí al caer la tarde. En el mar no se puede tener angustia, pensó. Sólo un vacío caliente y salado. Apartó con la mano un montón de algas que le flotaban hacia la cara, y le quedó su olor en el agua. Tres Marías. Las olas lo habían revolcado más de una vez. Pero nunca, hasta ese día, había recordado que había que contarlas. Había que llevar la cuenta mientras se balanceaba suavemente en ellas, sin esfuerzo. Nunca había que moverse hasta que hubiese pasado la tercera.
Nada había cambiado, pero supo que ya podía salir. Cuatro brazadas ágiles, y ya estaba cerca de la rompiente. Allí dejó de nadar. Dejó que su cuerpo se acompasase al movimiento, y esperó la llegada de las tres marías. No tardaron mucho. Bailó en la cresta de la primera, echándose atrás al sentir el cosquilleo de la espuma en la cara. La segunda era más pequeña, rompió más adelante. Cuando sintió venir la tercera, la mayor del grupo, se dejó arrastrar por detrás, llegando a notar en sus pies un remolino que lo quería revolcar. Aprovechó el impulso para echar a andar. Aguantó la fuerza de la resaca a pie firme, y acabó de salir con la siguiente ola, pequeña y mansa. Se sentó en un montón de piedras, justo donde la espuma perdía toda su fuerza. Estuvo un rato tirando piedras de vuelta al fondo, mirando sus rebotes, estudiando la forma cambiante de las olas, que volvían a traérselas, piedras blancas y redondeadas, piedras suaves y frías. Todavía sentía en su cuerpo el movimiento. Sus pensamientos se balanceaban también, sin llegar a fijarse en nada, sentado en aquel montón de piedras blancas y pulidas. El cielo se encendía de estrellas. Una luna amarillenta salió frente a él, dejando un rastro rojizo y discontinuo que se movía entre las crestas. El acantilado, a su espalda, amortiguaba la brisa de tierra, que ya empezaba a soplar. No le costó mucho encender un cigarrillo de espaldas al viento y fumárselo, lentamente, mientras el mar seguía barajando los guijarros, grises ya. Tenía el pelo seco cuando se levantó y echó a andar de vuelta hacia la noche.