El viejo del puente
(Ernest Hemingway. Traducción S. Gala 1997)
Hemingway lo pone el Domingo de Resurrección, pero parece que tuvo que ser por la Navidad del 38 o Año Nuevo del 1939. Cuento que siempre me fascinó. La doble historia aquí (Técnicas de caza): Los párrafos largos son la historia oculta, narrada desde fuera, en África, viendo al león cazar a su presa, o a los cocodrilos; el diálogo, la única historia explícita, es la que se lee. (¿habéis visto ese documental donde todos los animales cruzan el Limpopo, y cómo los cocodrilos los cazan? de eso habla Hemingway aquí creo)
Un viejo con gafas de montura metálica y la ropa llena de polvo estaba sentado junto a la carretera. Habían tendido unos pontones y los cruzaban carros, camiones, y hombres, mujeres y niños. Los carros de mulas subían tambaleándose las orillas empinadas del río con los soldados ayudando a empujar los radios de las ruedas. Los camiones patinaban al subir la rampa y los campesinos se esforzaban en una polvareda que les llegaba a las rodillas. Pero el viejo estaba sentado allí, sin moverse. Estaba demasiado cansado para seguir.
Mi tarea era cruzar el puente, explorar la avanzadilla y saber hasta qué punto había avanzado el enemigo. Lo hice y volvi a cruzar el puente. Había menos carros hora, y muy poca gente cruzaba a pie, pero el viejo seguía sentado allí.
— ¿De dónde viene? — Le pregunté.
— De San Carlos — dijo, y sonrió.
Era su ciudad natal, y por eso mencionarla se le hacía agradable, y sonrió.
— Cuidaba animales — explicó.
— Oh — dije, sin entenderle del todo.
— Sí, — dijo. — Ya ve, estaba cuidando animales. Fui el último que
abandonó San Carlos.
No parecía un pastor ni un ganadero y le miré la ropa negra y polvorienta y la cara gris y polvorienta, y sus gafas metálicas y dije — ¿Qué animales eran?
— Varios animales — dijo, y sacudió la cabeza. — Tuve que dejarlos.
Yo miraba el puente y el paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto faltaba para poder ver al enemigo, y escuchaba todo el tiempo para oír los primeros ruidos que señalarían ese acontecimiento, siempre misterioso, denominado contacto, y el viejo seguía sentado allí.
— ¿Qué animales eran? — pregunté.
— En total había tres animales — explicó. — Había dos cabras y un
gato, y también había cuatro parejas de pichones.
— ¿Y los tuvo que dejar? — pregunté.
— Sí. Por la artillería. El capitán me dijo que me tenía que ir por
la artillería.
— ¿No tiene familia? — le pregunté, mirando al otro lado del
puente, donde los pocos carros que quedaban se apresuraban a descender
la pendiente.
— No. — dijo — Sólo los animales que le dije. El gato, desde luego,
estará bien. Los gatos saben cuidarse, pero me da miedo pensar qué
será de los demás.
— ¿De qué partido es usted? — pregunté.
— No me meto en política — dijo. — Tengo setenta y seis años. He
andado doce kilómetros ya, y no creo que pueda seguir.
— Este no es un buen sitio para quedarse — le dije. — Si puede
subir, hay camiones arriba, donde el desvío de Tortosa.
— Esperaré un poco — dijo, — y entonces iré. ¿Dónde van los
camiones?
— A Barcelona — le dije.
— No conozco a nadie por ese camino — dijo, — pero se lo
agradezco mucho. Muchas gracias.
Me echó una mirada muy vacía y cansada, y dijo, como si tuviese que compartir sus preocupaciones,
— El gato estará bien, estoy seguro. No hay que preocuparse por el
gato. Pero los demás... ¿Qué cree que les pasará?
— Bueno, probablemente les vaya bien.
— ¿De verdad?
— ¿Por qué no? — dije, mirando a la otra orilla, donde ya no había
carros.
— Pero ¿qué les pasará con la artillería? A mi me dijeron que tenía
que irme por la artillería.
— ¿Dejó la jaula de los pichones abierta? — le pregunté.
— Sí.
— Entonces volarán.
— Sí, claro que volarán. Pero los otros... Es mejor no pensar en los
otros — dijo.
— Si ya ha descansado, debería irse — le urgí. — Levántese y trate
de caminar ahora.
— Gracias — dijo y se puso en pie, se tambaleó, y volvió a caer
sentado en el polvo.
— Cuidaba animales — dijo sordamente, pero ya no me hablaba a mí. —
Sólo cuidaba animales.
No se podía hacer nada. Era Domingo de Resurrección, y los Fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y nublado, con nubes bajas, y sus aviones no habían podido volar. Eso y el hecho de que los gatos saben cuidarse solos era toda la buena suerte que aquel hombre podía esperar.

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