¿Piropo? (Estudio sobre la primavera y el descubrimiento)
La pareja estaba en un banco del Retiro. El narrador se fijó sobre todo en Ella, es lo que tiene ser omnisciente, masculino y hetero. Aunque tenía la excusa de que, por la forma de estar sentados, Él le daba la espalda, mientras a Ella podía verla casi completamente. Ella era delgada, de rasgos finos y expresión dulce. Pelo castaño claro, ojos verdes. Bastante atractiva.
"A mí, en general, me gustan las tetas pequeñas", le estaba diciendo Él. Alcanzó a ver cómo a Ella se le torcía un poco el gesto. Dentro de su delgadez, Ella tenía un rasgo destacado en su físico: unos pechos muy grandes, que casi hacían desproporcionada su figura. Sin que restasen a su atractivo, eran de esos rasgos que marcan la personalidad de quien los tiene.
Él, pese a no parecer demasiado sutil, debía tener algo de sensibilidad, porque según pasaba cerca, nuestro narrador le alcanzó a oír decir, de manera muy tierna, casi susurrándole a Ella al oído: "A mí no me gustan las tetas grandes, menos cuando las llevas tú". Y lo cierto, o al menos así le pareció al narrador, es que no había el menor rastro de mentira o lisonja en esa frase.
Ritos íntimos, ética, estética y mirones
Veo una entrada de Laura/Carpe Diem en la que comenta sobre la vuelta de la moda taurina. Tras la faena de José Tomás ayer tenemos una nueva figura entre los gladiadores, una nueva épica...
Yo vivo en Galapagar, a 30 metros escasos de la casa familiar de José Tomás y hoy he estado comentando con locales sobre su faena de ayer, que muchos califican ya de histórica. Discutimos sobre él, sobre cómo se jugó la vida, sobre cómo debieron sufrir sus seres queridos. No discutimos en ningún momento sobre las otras vidas, las vidas de los dos toros que mató. Ni tampoco sobre las otras 20.000 vidas, las vidas de los mirones que había allí.
Laura nos apunta hacia Arte de matar, un artículo de Antonio Muñoz Molina que discute hasta que punto matar puede ser un arte:
Puedo comprender que mi padre se conmoviera viendo una corrida de toros: ahora veo la foto de un torero en la primera página de los periódicos más serios, leo los ríos de prosa artístico-taurina que vuelven a derramarse, y siento vergüenza de mi país, y un aburrimiento sin límites.
Como a Muñoz Molina, me llevaron un par de veces a los toros de pequeño. En Sevilla, creo recordar que vimos a Curro, y en Benidorm, un verano, ya adolescente, a El Cordobés. Llegué a sentir la estética del toreo, como he visto la de la caza submarina. Pero hace ya bastantes años decidí que la vida de un animal, de cualquier animal, racional o no, está por encima de esa estética, de cualquier estética, sagrada o no. Y hay un agravante en los toros: en el caso de la caza o la pesca, el rito sagrado lo experimenta el mismo que lo practica; hay una cierta comunión entre el verdugo y la víctima. Yo he hecho caza submarina de joven (el nombre preferdo por sus practicantes, no se tanto pesca como caza, por sus técnicas) y puedo apreciar la ética y la estética que se crean en la intimidad de la lucha. No volvería a matar ahora por algo tan simple, que se puede conseguir con un objetivo fotográfico, por ejemplo. Pero reconozco que hay cierto valor en ello. No tanto como la vida del pez que matamos, pero cierto valor de crecimiento interior para el oficiante del rito.
Pero en el caso del toreo, aparte del oficiante en ese rito íntimo, hacerlo en público en el ruedo lo convierte en un espectáculo en el que muchos miles de mirones no ponen nada más que un poco de dinero, y no consiguen nada más que ese morbo que rompe la dignidad humana y animal. Ellos, y por tanto todo el negocio de los toros, son los que me avergüenzan y me aburren. Igual que me avergüenzan y me aburren los comentaristas de fútbol o de carreras de motos. Como se suele decir en el caso de la prostitución: Porque tú pagas hay toros.
