Ritos íntimos, ética, estética y mirones

Veo una entrada de Laura/Carpe Diem en la que comenta sobre la vuelta de la moda taurina. Tras la faena de José Tomás ayer tenemos una nueva figura entre los gladiadores, una nueva épica...

Yo vivo en Galapagar, a 30 metros escasos de la casa familiar de José Tomás y hoy he estado comentando con locales sobre su faena de ayer, que muchos califican ya de histórica. Discutimos sobre él, sobre cómo se jugó la vida, sobre cómo debieron sufrir sus seres queridos. No discutimos en ningún momento sobre las otras vidas, las vidas de los dos toros que mató. Ni tampoco sobre las otras 20.000 vidas, las vidas de los mirones que había allí.

Laura nos apunta hacia Arte de matar, un artículo de Antonio Muñoz Molina que discute hasta que punto matar puede ser un arte:

Puedo comprender que mi padre se conmoviera viendo 
una corrida de toros: ahora veo la foto de un torero 
en la primera página de los periódicos más serios, 
leo los ríos de prosa artístico-taurina que vuelven 
a derramarse, y siento vergüenza de mi país, 
y un aburrimiento sin límites.

Como a Muñoz Molina, me llevaron un par de veces a los toros de pequeño. En Sevilla, creo recordar que vimos a Curro, y en Benidorm, un verano, ya adolescente, a El Cordobés. Llegué a sentir la estética del toreo, como he visto la de la caza submarina. Pero hace ya bastantes años decidí que la vida de un animal, de cualquier animal, racional o no, está por encima de esa estética, de cualquier estética, sagrada o no. Y hay un agravante en los toros: en el caso de la caza o la pesca, el rito sagrado lo experimenta el mismo que lo practica; hay una cierta comunión entre el verdugo y la víctima. Yo he hecho caza submarina de joven (el nombre preferdo por sus practicantes, no se tanto pesca como caza, por sus técnicas) y puedo apreciar la ética y la estética que se crean en la intimidad de la lucha. No volvería a matar ahora por algo tan simple, que se puede conseguir con un objetivo fotográfico, por ejemplo. Pero reconozco que hay cierto valor en ello. No tanto como la vida del pez que matamos, pero cierto valor de crecimiento interior para el oficiante del rito.

Pero en el caso del toreo, aparte del oficiante en ese rito íntimo, hacerlo en público en el ruedo lo convierte en un espectáculo en el que muchos miles de mirones no ponen nada más que un poco de dinero, y no consiguen nada más que ese morbo que rompe la dignidad humana y animal. Ellos, y por tanto todo el negocio de los toros, son los que me avergüenzan y me aburren. Igual que me avergüenzan y me aburren los comentaristas de fútbol o de carreras de motos. Como se suele decir en el caso de la prostitución: Porque tú pagas hay toros.


Opinamos en forma muy similar, Santiago. Y sí, a mí lo de que haya gente que disfrute de ese acto cruel y sangriento, de ser testigos de la tortura y agonía de un animal, me resulta espeluznante. Por encima de cualquier otra consideración, que no niego.
Saludos.

Posted by Laura at

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