La curva de las mujeres y las vidas de otros

Leo el reportaje sobre La curva de las mujeres en El Pais. Quince mujeres y un adolescente fueron torturados, muertos y enterrados en una curva de la carretera, cerca de Grazalema. Me deja muy impresionado una frase cerca del final del reportaje:

Pero alguien que permanecerá para siempre anónimo dejó una señal
que permitiría reconocer con los años aquel lugar:
una cruz formada con piedras sobre la fosa.

¿Y ese personaje anónimo que marcó el lugar de la tragedia?. Como el protagonista de La vida de otros, se resiste a colaborar dejando en el anonimato esas muertes, esas vidas. Las marca para señalárnoslas... Vidas de otros...

Hablé en inglés sobre las vidas de otros, una maravillosa película, a raiz de una cita de su director sobre la verdad y la densidad de la ficción. Esa película tiene una clara bisagra, en que dos (¿los tres?, obsérvese cómo Christa-Maria protege a Dreyman mientras toca) de los personajes toman decisiones cruciales en el desarrollo de la trama. Tras tocar esa “Sonata para un buen hombre” tan importante en el guión, Dreyman dice:

Ya sabes lo que dijo Lenin de la Apassionata, de Beethoven:
"Si la sigo escuchando nunca acabaré la Revolución".
¿Puede alguien que haya escuchado esta música, quiero decir
que la haya sentido plenamente, ser una mala persona?

Parece que, entre los que participaron o fueron testigos de esa cruel vendetta en Grazalema, alguien fue lo suficientemente buena persona como para marcar con una cruz de piedras (¿una cruz cristiana o una X cartesiana? realmente no importa) el fin de esas vidas, para que nosotros podamos recordar ahora que son vidas de otros.

Porque, por una extraña variación del principio antrópico, son siempre vidas de otros las que recordamos en todas las tragedias. Sus vidas dejaron de reverberar en el sitio marcado con la cruz, y nosotros, los supervivientes, somos los únicos que podemos recordar y mantener así parte de sus vidas viva en nuestra memoria.

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