Mi Primer Libro
(Robert Louis Stevenson, uno de los ensayos de The Art of Writing. Traducción de Santiago Gala Pérez en 1997. Stevenson en el proyecto Gutenberg)
La Isla del Tesoro
Estuvo lejos de ser mi primer libro, ya que no soy sólo novelista. Pero sé bien que mi señor, el Gran Público, mira el resto de lo que he escrito con indiferencia, cuando no con aversión. Si me recuerda por algo, me recuerda por su tono indeleble y familiar; y cuando se me pide que hable de mi primer libro, no hay ninguna duda de que se propone que hable de mi primera novela.
Antes o después, de una u otra manera, estaba condenado a escribir una novela. Sería vano preguntar por qué. Los hombres nacen con manías variadas, y la mía fue, desde la más temprana niñez, jugar con series imaginarias de acontecimientos; tan pronto fui capaz de escribir, me convertí en buen amigo de los fabricantes de papel. He consumido resmas y resmas para hacer ‘Rathillet’, ‘La Sublevación de Pentland’, ‘El perdón del Rey’ (por otro nombre ‘Park Whitehead’), ‘Edward Daven’, ‘Una Danza Campestre’, y ‘Una vendetta en el Oeste’; y me tranquiliza recordar que estas resmas se convirtieron en cenizas y han vuelto a la tierra. He nombrado sólo unos pocos de mis esfuerzos desgraciados, sólo aquellos que tomaron un cuerpo apreciable antes de que desistiese; e incluso así recorren una buena parte de mis años. Intenté ‘Rathillet’ antes de los quince, ‘La vendetta’ a los veintinueve, y la sucesión de derrotas continuó hasta que cumplí los treinta y uno. A esa edad había escrito libros menores, algún ensayo corto y cuentos; y me habían dado palmadas en la espalda y me los habían pagado, aunque no tanto como para vivir de mi escritura. Tenía buena reputación, era un hombre de éxito. Me pasaba los días trabajando, y la futilidad de mi esfuerzo me irritaba a veces: que derrochase todos mis esfuerzos en este negocio, y no pudiera aún ganarme la vida. Y todavía me iluminaba un ideal: aunque lo había intentado vigorosamente no menos de diez o doce veces, todavía no había escrito una novela. Las que mejor, habían marchado durante un tiempo y después se habían parado, como el reloj de un niño. Se me podría comparar con un jugador de criquet de muchos años, que nunca hubiera conseguido una carrera. Cualquiera puede escribir un cuento, un mal cuento, quiero decir, si tiene industria, y papel, y tiempo suficiente; pero no todos pueden esperar escribir una novela, ni siquiera mala. La extensión es la clave. Un novelista aceptado puede construir y derribar su novela; pasar días con ella en vano, y no escribir más de lo que tacha. Un principiante no. La naturaleza humana tiene ciertos derechos: un instinto, el de supervivencia, prohibe que nadie, sin verse animado y apoyado por la conciencia de victorias previas, pueda soportar las miserias de un esfuerzo literario baldío mas allá de periodos que se pueden medir en semanas. La esperanza necesita un suelo para arraigar. El principiante necesita una buena brisa, encontrar una veta afortunada; debe estar en una de esas horas en que las palabras vienen y las frases se equilibran solas, y eso para empezar. Y, habiendo empezado, ¡qué terror cada mirada hacia adelante hasta que el libro se acaba! ¡Cuánto tiempo debe seguir soplando esa brisa, siguiendo esa veta! ¡durante cuánto tiempo debe seguir al mando de esa misma calidad de estilo! ¡Durante cuánto tiempo debe mover sus marionetas, siempre vitales, consistentes, vigorosas! Recuerdo que, en esos tiempos, solía mirar todas las novelas de tres volúmenes con una cierta veneración, como una hazaña, si no literaria, al menos de resistencia física y moral, del coraje de un Ayax.
El año predestinado fui a vivir con mi padre y mi madre a Kinnaird, sobre Pithlochry. Allí caminé sobre los páramos enrojecidos y por la rivera del arroyo dorado. Levantaba el ánimo inspirar el aire duro, el aire puro de nuestras montañas, y mi mujer y yo proyectábamos un volumen conjunto de cuentos de terror, para el que ella escribió “La Sombra sobre el Lecho”, y yo produje “Thrawn Janet”, y un primer borrador de “Los Hombres Risueños”. Yo amo el aire de mi país, pero no soy correspondido; el fin de este delicioso periodo llegó con un enfriamiento, un catarro y una excursión por Strathairdle y Glenshee al Castelton de Braemar. Allí hizo mucho viento, y llovió en proporción. Mi aire nativo era más desagradecido que la ingratitud humana, y tuve que resignarme a pasar una buena parte del tiempo entre cuatro paredes, en una casa de lúgubre nombre: El Caserón de la difunta Miss McGregor. Ahora admiro el dedo de la predestinación. Había un colegial en el Caserón de la difunta Miss McGregor, pasando las vacaciones, muy necesitado de distracciones. No pensaba en la literatura. Era el arte de Rafael el que recibía su voto urgente, y, con la ayuda de pluma, tinta y una caja de acuarelas de un chelín, no había tardado en convertir una de las habitaciones en una galería de pintura. Mi deber más inmediato hacia la galería era ser su marchante, pero a veces me relajaba un poco, me unía al ‘artista’ junto al caballete, y pasaba la tarde con él en una sana competencia, dibujando y coloreando. En una de estas ocasiones, hice un mapa de una isla. Lo coloreé con cuidado y (creo) resultaba muy bello; su forma me cautivó más allá de lo imaginable: contenía puertos que me gustaron como un soneto, y, con la inconsciencia que da la predestinación, le puse como título ‘La Isla del Tesoro’. Me han dicho que existe gente a la que no le interesan los mapas; lo encuentro difícil de creer. Los nombres, las formas de los montes, los cursos de los bosques y los ríos, las pisadas de los hombres prehistóricos, que todavía se pueden distinguir colina arriba y hondonada abajo; los molinos y las ruinas, los estanques y los barcos, quizá un círculo druídico o un monolito en el yermo; ¡He aquí un fondo inagotable de interés para cualquier hombre con ojos para ver o dos peniques de imaginación para entender ! Cualquier niño recuerda haber apoyado la cabeza sobre una pradera, haber mirado ese bosque infinitesimal y haberlo visto crecer, lleno de ejércitos de duendes. De una manera parecida, los futuros personajes del libro empezaron a aparecer allí, visiblemente entre bosques imaginarios, mientras yo descansaba frente al mapa de ‘La Isla del Tesoro’; y sus rostros morenos y sus armas brillantes me vigilaban desde puntos inesperados, mientras iban y venían, peleando y buscando tesoros, en algunas pulgadas cuadradas de proyección plana. Lo siguiente que recuerdo es que tenía una hoja delante de mi y estaba escribiendo una lista de capítulos. ¡Cuántas veces lo he hecho, para no pasar de ahí ! Pero había elementos de éxito en esta empresa. Tenía que ser una historia para chicos; sin necesidad de psicología o verbo refinado; y tenía un chico a mano, como piedra de toque. Las mujeres estaban excluidas. Yo era incapaz de manejar un bergantín (que es lo que debía haber sido la Hispaniola), pero pensé que podría convertirla en una goleta sin vergüenza pública. Y entonces tuve una idea para John Silver de la que me prometí mucho entretenimiento: coger un amigo mío, al que admiraba mucho (y a quien el lector probablemente conoce y admira tanto como yo), privarle de todas sus mejores cualidades y virtudes de temperamento; dejarle sólo con su fuerza, su coraje, su rapidez y su magnífica genialidad, y tratar de expresarlas en términos de la cultura de un marinero raso. Creo que esta cirugía física es una manera típica de ‘hacer personajes’; es posible que sea la única. Podemos utilizar la apariencia pintoresca con quien ayer, de paso, cruzamos unas pocas palabras, pero ¿lo conocemos? A nuestro amigo, con su infinita variedad y flexibilidad, lo conocemos, pero ¿podemos utilizarlo? Sobre el primero debemos construir cualidades secundarias, imaginarias; del segundo, cuchillo en mano, debemos podar, eliminando las arborescencias innecesarias de su naturaleza; pero el tronco y las pocas ramas que queden nos ofrecerán confianza.
Una fría mañana de Septiembre, junto a un buen fuego, con la lluvia golpeteando en la ventana, empecé El cocinero de a bordo, ya que este era el título original. Había empezado (y acabado) otros libros, pero no puedo recordar haberme sentado nunca con más placer. No es sorprendente, ya que se dice que las aguas robadas son dulces. Y ahora debo pasar una página amarga. No hay duda de que el loro perteneció antes a Robinson Crusoe. Sin duda Poe me pasó el esqueleto. No pienso en ellos, son sólo detalles y menudencias; nadie puede esperar que se le conceda el monopolio de los esqueletos, o vivir del negocio de los pájaros parlantes. Me dicen que la estocada viene de Masterman Ready. Es posible, me importa un rábano. Estos escritores fueron de utilidad para encarnar el dicho del poeta: al partir, dejaron tras ellos pisadas en las arenas del tiempo, pisadas que quizá otro... ¡y yo era el otro! Es lo que le debo a Washington Irving lo que mueve mi consciencia, y es justo que sea así, ya que no creo que plagiara conscientemente. Hace unos años tuve la ocasión de leer los Cuentos de un viajero, para una antología de prosa narrativa, y el libro me sorprendió: Billy Bones, su cofre, la compañía en la posada, el espíritu y una buena parte de los detalles materiales de mis primeros capítulos, todos estaban allí, todos eran propiedad de Washington Irving. Pero yo no lo sospechaba mientras escribía junto al fuego, en lo que parecía un manantial de una inspiración algo pedestre; ni siquiera, día a día, después de almorzar, mientras leía en voz alta mi trabajo de la mañana a la familia. Me pareció original como el pecado; me pereció mío como mi ojo derecho. Contaba con tener un chico; había dos entre mi audiencia. Mi padre prendió en seguida, dado el romanticismo y la ingenuidad de su carácter. Sus propias historias, las que se contaba al acostarse todas las noches, trataban de barcos, posadas junto al camino, ladrones, viejos marineros, y comerciantes anteriores al vapor. Nunca acabó una de estas aventuras, ¡era una suerte que no le hiciese falta ! Pero en La Isla del Tesoro reconoció algo afín a su propia imaginación; era su tipo de fábula; y no sólo disfrutó oyendo el capítulo diario, sino que se dispuso a colaborar. Cuando llegó el tiempo del saqueo del cofre de Billy Bones, se debió pasar la mayor parte de un día preparando, en la parte de atrás de un sobre, un inventario de su contenido, que yo seguí exactamente; y el nombre del viejo barco de Flint, el Walrus, se puso a petición suya. Y quién más podía dejarse caer por allí, ex machina, sino el Dr. Japp, como un príncipe disfrazado, para que baje el telón sobre la paz y la felicidad en el último acto; porque llevaba en su bolsillo, no un talismán o un cuerno de caza, sino un editor. De hecho, mi viejo amigo Mr. Henderson le había encargado que descubriese nuevos escritores para Young Folks. Incluso la impiedad de una familia unida vaciló ante la medida extrema que suponía infligir sobre nuestro huésped los miembros mutilados de El cocinero de a bordo; a la vez, de ninguna manera estábamos dispuestos a renunciar a nuestras lecturas; por tanto, volvimos a empezar la narración por el principio, y la repetimos en beneficio del Dr. Japp. Desde ese momento he tenido en alta estima sus facultades críticas, ya que, cuando nos dejó, llevaba el manuscrito en su equipaje.
Lo tenía todo a mi favor, para seguir: simpatía, ayuda y ahora un compromiso positivo. Había elegido, además, un estilo muy fácil. Compáresela con Los Hombres Risueños, casi contemporánea; algunos lectores preferirán un estilo, otros el otro; es asunto de gusto, quizá de disposición. Pero ningún experto puede negar que uno es mucho más difícil, y el otro mucho más fácil de mantener. Parece que un hombre de letras experimentado podría sentarse a escribir La Isla del Tesoro a tantas páginas al día, y hacerlo sin que se le apague la pipa. Pero no fue ese mi caso. Trabajé quince días y redacté quince capítulos; y entonces, en los primeros párrafos del decimosexto, perdí pie sin remedio. Mi boca estaba seca; no había ni una palabra de La Isla del Tesoro en mi pecho; ¡y aquí estaban las galeradas del comienzo esperándome! Corregí las pruebas, viviendo casi siempre sólo, paseando por los yermos cubiertos de rocío de Weybridge las mañanas de otoño, satisfecho con lo que había conseguido, y más asustado de lo que puedo narrar con palabras ante lo que faltaba por hacer. Tenía treinta y un años; era cabeza de familia; había perdido mi salud; no me ganaba la vida, nunca había ganado 200 libras en un año; mi padre había comprado y cancelado un libro que se juzgaba un fracaso: ¿iba éste a ser otro, el último, fiasco? Estaba muy próximo a la desesperación; pero apreté los dientes, y durante mi viaje a Davos, donde iba a pasar el invierno, adopté la resolución de pensar en otras cosas y enterrarme en las novelas de M. de Boisgobey. Llegué a mi destino, me senté una mañana con la historia inacabada y, ¡atención ! fluyó de mí como charla intranscendente; y en una segunda marea de trabajo placentero, de nuevo a la velocidad de un capítulo al día, acabé La Isla del Tesoro. Tuvo que ser transcrita casi exactamente: mi mujer estaba enferma; sólo el colegial quedaba de mis fieles; y John Addington Symonds (a quien le mencioné con timidez mi proyecto) me miró con recelo. Por aquel entonces insistía en que yo debía escribir los personajes de Theophrastus: tan errado puede ser el juicio de los más sabios. Pero Symonds no era (con seguridad) el confidente a quien acudir buscando simpatías para una historia juvenil. Era de altos pensamientos; un hombre cabal, si es que hay alguno; pero el mismo nombre de mi empresa le sugería sólo pretenciosidad y solecismos estilísticos ¡Bueno! No andaba tan errado.
La Isla del Tesoro— fue Mr. Henderson quien borró el primer título, El cocinero de a bordo—apareció en la revista sin pena ni gloria, en el innoble cuadernillo central, sin ilustraciones, y no atrajo la mínima atención. No me preocupó. Me gustaba la historia, por la misma razón por la que a mi padre le gustaba el comienzo: era mi tipo de fábula. No estaba poco orgulloso de John Silver, tampoco; y aún hoy admiro bastante a ese suave y formidable aventurero. Lo que me daba infinitamente más ánimos, había puesto un hito, había acabado una historia y escrito ‘Fin’ en mi manuscrito, lo que no hacía desde ‘La Sublevación de Pentland’, cuando era un chico de dieciséis años y todavía no había ido a la Universidad. La verdad es que lo conseguí por un conjunto de accidentes afortunados: si no hubiese venido de visita el Dr. Japp, si la historia ni hubiese surgido de mi con singular facilidad, habría sido dejada de lado como sus predecesoras, y habría hecho su tortuoso viaje al fuego sin un lamento. Algunos puristas sugerirán que habría sido mejor. Yo no lo creo. La historia ha dado mucha distracción, y consiguió (o fue la manera de conseguir) fuego y comida y vino para una familia necesitada, en la que yo tenía intereses. Apenas necesito decir que se trata de la mía.
Pero las aventuras de La Isla del Tesoro todavía no han llegado a su fin. La había escrito siguiendo el mapa. El mapa era la clave de la trama. Por ejemplo, la había llamado ‘La Isla del Esqueleto’, sin saber qué quería decir, buscando sólo la imagen inmediata, y fue para justificar ese nombre para lo que robé la señal de Flint de la galería de Mr. Poe. Y de la misma manera, ya que había dibujado dos fondeaderos, se envió la Hispaniola a su vagabundeo con Israel Hands. Llegó la hora en que se decidió reeditar, y envié mi manuscrito, y con él los mapas, a Mrs. Cassell. Llegaron las galeradas y las corregí, pero no supe nada del mapa. Escribí preguntando; se me dijo que nunca llegó, y me senté horrorizado. Una cosa es dibujar un mapa sin pensar, ponerle una leyenda en una esquina al azar, y escribir una historia con él como guía. Otra muy distinta es tener que examinar un libro entero, hacer un inventario de todas las alusiones contenidas en él y, con un par de compases, diseñar penosamente un mapa que dé razón de los datos. Lo hice; y el mapa se dibujó de nuevo en la oficina de mi padre, con adornos de ballenas con surtidor y barcos de vela, y mi padre mismo puso a mi servicio la habilidad que tenía para imitar caligrafías, y trabajosamente falsificó la firma del Capitán Flint, y la indicaciones marineras de Billy Bones. Pero nunca fue La Isla del Tesoro para mi.
Ya he dicho que el mapa era la mayor parte de la trama. Podría casi decir que la contenía en su integridad. Unas pocas reminiscencias de Poe, Defoe y Washington Irving, una copia de Bucaneros, de Johnson, el nombre del cofre del muerto, de Al fin, de Kingsley, algunos recuerdos de la navegación con canoas por mar abierto, y el propio mapa, con sus sugerencias infinitas y elocuentes , suman el total de mis materiales. Quizá no es tan común que un mapa figure en tal medida en una historia, pero es siempre importante. El autor debe conocer su paisaje, sea real o imaginario, como la palma de su mano; distancias, los puntos cardinales, el sitio por donde sale el sol, el comportamiento de la luna, deben conocerse sin dudas. ¡Y qué problemática es la luna ! Yo he tenido problemas con la luna en El príncipe Otto, y tan pronto como se me señaló, adopté una precaución que recomiendo a otros: ahora nunca escribo sin un almanaque. Con un almanaque, y un mapa del país, y los planos de todas las casas, bien dibujados en un papel o construidos en la memoria, se puede tener esperanzas de evitar algunos de los mayores errores. Con el mapa delante, es raro que se permita ponerse el sol por el este, como ocurre en El Anticuario. Con el almanaque a mano, es raro que se permita a dos jinetes, viajando con un encargo urgente, necesitar seis días, desde las tres de la madrugada del lunes hasta tarde en la noche del sábado, para recorrer noventa o cien millas y, antes de que acabe la semana, y todavía cubrir cincuenta en un día sobre las mismas monturas, como se puede leer en la inimitable novela de Rob Roy. Y está bien, aunque no es necesario, evitar estos gazapos. Pero es mi opinión, mi superstición, si se quiere, que quién es fiel al mapa, y lo consulta, y extrae de él su inspiración, día a día y hora a hora, no sólo consigue inmunidad contra los accidentes, sino también un impulso positivo. La historia se enraíza en él; crece en ese suelo; adquiere consistencia propia, más allá de las palabras. Mejor si el país es real, y se ha recorrido paso a paso, y se conocen todos sus hitos. Pero incluso con lugares imaginarios, se hará bien en hacerse con un mapa al principio; a medida que se estudia, aparecerán relaciones en las que no se había pensado; se descubrirán atajos y senderos para sus mensajeros, obvios aunque insospechados; e incluso cuando el mapa no es toda la trama, como lo era en La Isla del Tesoro, resultará una mina de sugerencias.

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